EL FISGÓN DEL PATIO DE COMIDAS - Andrés Canedo - 13.9.2019


Sí, la verdad es que él había tenido muchos amores, fugaces y de los otros. Incluso había estado casado, no por largo tiempo, un par de veces. Eso sí, se cuidó y también lo ayudó la suerte (o la desgracia), a no tener hijos. Pero claro, a los setenta años ya no hay amores de aquellos ni tampoco la belleza que lo había acompañado hasta los sesenta y un poquito más. Así era, el dios de otros tiempos se había agotado y ahora era apenas una sombra de sí mismo. Pero hay cosas que no desaparecen, algunos fulgores, unos resplandores mínimos que permanecían de los tiempos espléndidos. Ya se sabe, el zorro pierde el pelo pero no (todas) las mañas. Y lo que quedaba de él era su mirada, no tan insolente, no tan subyugante como antes. A lo largo de su vida, muchas mujeres le habían confesado que no aguantaban sus primeras miradas, aquellas que además de intimidarlas les producían una secreta excitación, un deleite a veces vergonzante de saberse codiciadas al sentirse acariciadas y desnudadas por esos ojos. Y él lo sabía, claro; estaba seguro de la influencia del juego de sus ojos: primero, mirarlas como al descuido; luego, con una insistencia un tanto temerosa, aparentemente tímida, hasta con escrúpulos, se podría decir. Él sabía también, que ellas enseguida se sabían observadas y que algunas, las más, le devolverían la mirada con distintos grados de intensidad según su condición y su audacia. Y cuando eso sucedía los ojos de él se volvían más osados y él, desde ellos, les hacía saber que les estaba proponiendo amor, que las estaba desnudando. Y aunque pocas veces todo lo anterior terminaba en fracaso, por lo general, ya era sólo cuestión de empezar a conversar, de invitar el primer café, de salir a comer algo. Sin embargo, él no se creía un seductor, de alguna manera tenía conciencia de que las cosas eran y son al revés o, al menos, de que no es un acto mágico el que atraía a las mujeres, sino que ellas, cuando lo notaban, jugaban al juego de la seducción como sólo las féminas saben hacer, y que eran ellas las que dirigían todos los actos de él, con sutileza y sabiduría, para que él se acercara y comenzara todo. Él, Pedro, tenía tendencia a creer que no era completamente un cazador, sino que, finalmente, solía ser cazado. Años y años, mujeres y mujeres, habían ratificado en Pedro esa especie de certidumbre.

Sin embargo, el tiempo inexorable lo va desgastando todo y trae no solamente el deterioro sino las primeras embestidas de la claudicación. Entonces, entre los sesenta y los sesenta y ocho sus logros habían sido cada vez menos frecuentes hasta detenerse, al parecer para siempre, desde hacía dos años. Junto con esa derrota, una sensación nueva lo asaltó, y aunque no se atrevía a confesárselo, la soledad lo fue arrinconando en algún lugar secreto de su alma, pero él solía disimularla con bastante dignidad. Lo consolaba sí, el saber que no había sido canalla, que nunca tomó más de lo que dio, que cada partida había terminado siempre (o casi) en tablas, en un empate sin víctimas ni remordimientos. Su cultura también lo auxiliaba. Había sido hombre de abundantes y buenos libros y estos, en los albores de su soledad venían a rescatarlo, al menos transitoriamente. Tenía una jubilación digna, que no le permitía darse los lujos de sus tiempos de esplendor, pero que le hacía posible mantener su pequeño apartamento, pagar una empleada que venía un par de mañanas por semana para ponerle la vivienda y la ropa en condiciones, y esa cantidad de dinero mensual, le admitía salir a almorzar y cenar afuera, en locales de medio pelo, generalmente en los Patios de comida que se habían vuelto comunes en los centros comerciales de la ciudad. Iba variando esos locales para comer, no tanto por el sabor de la comida, sino para escapar de los inevitables televisores que pasaban programas de deportes hasta el cansancio. Alguna vez, muy pocas en realidad, encontraba en esos locales a algún amigo o conocido, pero su inveterada índole de solitario había determinado, siempre, que le sobraran los dedos de una mano para contar a sus camaradas. Pero le gustaban los Patios de comidas, mucho más que los pequeños restaurantes a los que podía también acceder, porque en esos lugares amplios y multitudinarios podía ver, con cierta desesperanzada satisfacción, muchas bellas e inalcanzables mujeres que comían solitarias en las mesas vecinas.

Sin embargo, uno de esos locales se había vuelto su preferido e iba allí, a almorzar, cuatro o cinco veces por semana. Y de uno de los restaurantes de ese enorme local, se había vuelto asiduo. La cajera, joven, hermosa y además simpática, se había vuelto su amiga en los escasos minutos en que marcaba su pedido y le entregaba la factura para que recogiera, cuando le llegara el turno, la comida que había solicitado. Él nunca supo si fue la cajera el motivo de su preferencia o la calidad un poco más que mediocre de la comida. Pero ella, con el correr de los días, le había contado algunos hechos trascendentales de su vida: que estudiaba en la universidad, que trabajaba para pagarse la carrera, que no tenía novio, que le gustaba mucho el cine. Y cuando él aparecía frente a ella, lo recibía con una sonrisa radiante y le decía: ¿Lo mismo de siempre u hoy va a cambiar de plato? ¿Con Coca Cola, no es cierto? Además, se sabía de memoria el nombre que tenía que colocar en la factura y que Pedro había exigido la primera y otras veces, aunque ya no tenía que rendir cuentas de impuestos pues ya no trabajaba. A él le gustaba todo ese buen trato y se fijaba en la sonrisa, en la alegría natural de la muchacha, en su bello rostro moreno. Pero la realidad ya le había dejado sus enseñanzas, entonces ni siquiera fantaseaba levemente con tener algo con ella.

Lo que sí le gustaba era mirar a las mujeres de las otras mesas, pues él, que llegaba cerca de las dos de la tarde, solía conseguir una mesa al borde del inmenso patio de comidas, desde donde podía abarcar con la vista casi todas las demás. Y con algunas de esas damas se permitía dejar volar sutilmente  la imaginación, sin maldad y sin pretensiones, más bien jugando con él mismo. Las había de todo tipo y condición: rubias, morenas, pobres y de posición económica acomodada (lo deducía por la ropa). A veces, algunas venían en grupo y con uniformes de trabajo, y él concluía que se trataba de empleadas de empresas vecinas al local. En esos grupos, era frecuente encontrar dos o tres bellas, pero la mirada de Pedro no era honda, era más bien esquiva, hasta casi desolada. Bocas, cabellos, cuerpos, pasaban por un inventario somero y casi desinteresado en su mente. Alguna, de repente, le recordaba a un lejano amor y entonces ya no la miraba sino que se perdía en sus propios recuerdos, en sus ensoñaciones, que tampoco se prolongaban más de escasos minutos. Solía salir de esas contemplaciones y con indulgencia y un poco de vergüenza e ironía, se decía a sí mismo: “Soy un voyeur. Soy el fisgón del patio de comidas”. Y así, terminados sus alimentos, se marchaba con más pena que gloria a continuar con su vida, que consistía en caminar la distancia no muy lejana hasta su vivienda y entregarse a los libros o a sesiones más o menos amargas de televisión. Pero el del restaurant era su juego, su ínfimo paraíso que se repetía, generalmente con menos suerte, en algún otro patio de comidas al que asistía en la noche, pero sabía que ese juego estéril tendría un mejor destino, en su lugar preferido, al día siguiente al mediodía.

Pero la reiteración de ese paraíso ínfimo le aburría, la repetición del juego de semimiradas carentes de la pasión de antaño unida a la falta de fe en sí mismo, a veces lo hacían olvidarse de su función de “voyeur”, aunque continuaba sentándose en su posición privilegiada, de espaldas al mostrador en el que trabajaba su amiga la cajera y con vista de casi toda la sala. Sin embargo, un día ella surgió como una epifanía, rotunda, llamativa, ineludible. Rubia como la cebada, con ojos verdes intensos, de rostro un poco tosco pero hermoso, en el que resaltaban sus labios abultados a los que se sumaba un cuerpo cincelado con todas las crueldades de algún misterioso mestizaje.  Verla, le produjo un súbito deslumbramiento, un sacudón que recorrió toda su gastada humanidad y la llenó de una energía desconocida. Ella se sentó, frente a él, a tres mesas de distancia y, como el local no estaba lleno, podía observarla sin obstáculos, pero no sin remordimientos.

 Su mente le dijo que no fuera estúpido, que esa era una tarea inútil, que no tenía ningún tipo de esperanza; pero la intensidad de la belleza de ella tenía cautivos a sus ojos que brillaban con renovada intensidad. Los ojos de ella, atraídos por tanta energía que partía de Pedro, se levantaron del plato de comida y se encontraron con los de él. Fue sólo un segundo y él, avergonzado y en un acto de enorme voluntad, bajó la mirada. Entonces le vio las piernas, cruzadas y enfundadas en un jean ajustado, que se revelaban por debajo de la mesa a la que estaba sentada. Ella volvió a su comida, se olvidó de él que sólo había sido una figura borrosa, intrascendente. Él, luchando contra su cerebro que le indicaba que no debía mirarla, se rindió ante los impulsos de su alma extrañamente rejuvenecida y volvió a enfocarla, consciente de que estaba cometiendo un acto absurdo. Esta segunda vez, ella no se percató, o no quiso hacerlo, de la observación del fisgón. Él, al cabo de un tiempo, logró que su cerebro por fin se impusiera y separó la vista de ella, pero ya la tenía grabada, plena de fulgores, en algún oculto lugar de su esencia. Pensó que era increíblemente bella, pensó que debía tener poco más de veinte años, y entonces, una llamarada de alerta surgió desde su conciencia y le dijo que era un viejo estúpido, que la triplicaba en edad, que debía tener algo de dignidad. Pero la pulsión intensa otra vez se impuso y sus ojos volvieron a buscar los de ella que sintieron la llamada y se encontraron con los de él. Con desenfado, pero sin burla, ella le sostuvo la mirada e hizo un leve movimiento de cabeza como diciéndole que no fuera idiota, que él ya no estaba para esos trotes. Entonces él cedió y, aunque se dedicó a su comida, hizo lenta la tarea de comer hasta lograr que ella terminara antes que él, que se levantara de su mesa y que saliera desgarrando el aire con su figura maravillosa y triunfante, que él no vaciló en mirar, ahora sin peligro a ser descubierto. Luego, al regresar a su casa, él lo hizo sumido en un torbellino de reproches y con el corazón agitado machucándole el esternón como si hubiera corrido una carrera de 400 metros, mientras las imágenes de ella, de sus ojos infernalmente verdes y su caminar de diosa, le sacudían el cerebro y parecían a punto desgarrarle los huesos que lo contenían. Su día fue malo, colmado de inquietud y en la noche, por largo tiempo lo acompañó el insomnio abigarrado de imágenes de la mujer de los ojos de selva.

Al día siguiente despertó temprano. Había dormido poco, y por corto tiempo lo acompañaron la serenidad y la reflexión. Todavía, mientras se preparaba el desayuno, se dijo que no podía ser tan tonto, que tenía centenares de buenos libros leídos que hablaban de verdades inexcusables que deberían situarlo en lo que realmente era. Se dijo, que para no tentar a las ensoñaciones, ese día no iría al patio de comidas, que cambiaría de lugar para evitar un nuevo posible encuentro con ella, para evitar una posible vergüenza abominable.  Pero entonces, mientras con serenidad levantaba un trozo de pan con mantequilla, se dio cuenta de que en realidad estaba ansiando que llegara la hora de ir allí, de regresar al local donde comía, porque lo único que quería, lo  único que llenaba todos los espacios de su alma, era el deseo de volverla a ver. Las largas horas hasta casi las dos de la tarde, fueron un infierno que ningún libro pudo calmar ni ninguno de los doscientos canales que recibía su televisor.

Cuando llegó al local, ella ya estaba allí. La vio en cuanto entró y la siguió de reojo mientras se acomodaba en una de las mesas marginales que le permitían atisbar. Ahora, ella estaba un poco más lejos que el día anterior, en la quinta fila de mesas a partir de la suya. Pedro empezó a mirarla, ella lo sintió, lo miró  y lo reconoció. Un poco sorprendida pero no molesta, bajo la mirada y prosiguió con su tarea de cortar un trozo del pollo que tenía en el plato. Los ojos de él no retrocedieron, continuaron su tarea feroz de devorarla mientras la mente se le llenaba de imágenes. Imaginó nítidamente el hermoso cuerpo desnudo de ella junto a su cuerpo un tanto difuminado, pero ambos movilizados por el impulso simple, no erótico, de conocerse. No eran dos cuerpos que buscaran un encuentro sexual, solamente el borroso cuerpo de él que descubría aquel otro distinto y deliciosamente bello. Esas imágenes se le disolvieron pero mantuvo la mirada intensa, imperiosa. Ella lo sentía, sabía que la miraba sin necesidad de levantar la cabeza. Le parecía un tanto absurdo, aunque se sentía halagada y a la vez un poco piadosa. Levantó entonces los ojos y las miradas se encontraron. No había furia en los ojos de ella, sino serenidad; no había lascivia en los ojos de él, apenas intensidad. Se mantuvieron mirándose algunos segundos y entonces ella se puso de pie y empezó a avanzar hacia él. Él le leyó la emoción que la movilizaba y no tuvo miedo. Durante el breve transcurso de la caminata las miradas no se desprendieron y ella, al llegar junto a él se inclinó pacíficamente, casi con ternura, y le dijo cerca al oído:

─ ¿Por qué me mira así, señor?

Él, sin temor y alentado por una fuerza extraña, suavemente le replicó:

─ Porque es usted muy bella, y la belleza debe mirarse para que le haga bien al alma.

Ella, acostumbrada a otras palabras, a otras modalidades, se ruborizó brevemente.

─ Pero, ¿por qué?, ¿por qué usted? ─aclaró.

─ Porque yo sé admirar lo hermoso, y usted lo es tanto que mis ojos, aunque me lo proponga, no pueden evitarlo.

Ella esbozó la mueca de una sonrisa, se acomodó el pelo, y en una reacción que no esperaba, se oyó respondiéndole:

─ Gracias.

─ Sé que esto puede parecer absurdo, pero mejor, ¿por qué no trae su plato, se sienta aquí conmigo y conversamos? Es bueno conversar.

Ella no supo por qué y aunque era ilógico, aunque rompía con todos sus hábitos, sintió una confianza nueva, inédita en su vida, y le dijo:

─ Lo traeré.

Entonces se fue y regresó con su comida. Mientras caminaba como rompiendo la ley dela gravedad y opacando personas y objetos, él vio cómo las miradas de algunos hombres de las mesas próximas, la seguían con devoción.

─ Aquí estoy, ─le dijo mientras se sentaba al lado de él.

Hablaron hasta un buen rato después de que hubieron terminado sus alimentos. Hablaron en paz, sin exaltaciones. La mirada de él se aplacó; la de ella continuó refulgiendo por la índole de sus ojos. Se dijeron sus nombres, ella se llamaba Juana Brouwer. “Mi papá era holandés. No lo conocí, se fue a los pocos meses de que yo nací. Mi mamá era nativa de estas tierras, era india”. Él pensó, y se lo dijo, que sólo esa mágica alquimia de las sangres podía haber originado a alguien tan hermosa. Ella le contó de una infancia y una adolescencia llena de penurias, allá lejos, en el poblado. Le avisó también que tenía 23 años y que, cuando su madre murió, se vino a la ciudad, que aquí trabajaba, que con ello tenía para vivir con cierta comodidad, que no tenía novio ni era casada, que había tenido un hijo que murió pequeñito. Él le contó que era jubilado, pero que había trabajado casi toda su vida en el departamento de contabilidad de una empresa importante y que, lo que le gustaba en la vida, eran los libros, los buenos libros, y que de allí venía su gusto por la belleza y le reiteró que la belleza de ella era extraordinaria, que se parecía a las mujeres que había visto en algunos libros sobre pintura.  Ella le esquivó la respuesta, le contestó solamente “Gracias” y agregó: “Yo de libros, nada. Sólo cursé la escuela primaria”. Quedaron en encontrarse al día siguiente para almorzar juntos. Cuando ella se levantaba para irse, Pedro le preguntó:

─ ¿En qué trabajas, Juana?

Ella vaciló un momento, hizo una casi imperceptible mueca con los labios mientras pensaba en la gravedad de lo que iba a decir, y luego se inclinó nuevamente hacia él y le dijo en tono de confidencia, pero sin ruborizarse:

─ Soy prostituta… puta. También bailo.

Y entonces se dirigió hacia la puerta de salida.

Pedro permaneció sentado unos minutos. La enormidad de la belleza de ella seguía atrapándolo aunque no se hiciera mayores ilusiones, pero sus últimas palabras lo habían golpeado, le dolían, no porque la prostitución le pareciera mala, sino porque él había hablado con esa mujer a la que además de desearla más allá de los límites que su condición de viejo le imponía, la había sentido dulce, enormemente humana. Sabía ya, con innegable desolación, que el sentimiento, el cariño, había empezado a nacer en él. Se dirigió entonces a su vivienda, embargado por el desasosiego y una remota esperanza. No debía quererla, se dijo, no debía enredar sus emociones en este asunto. Ella, acostumbrada a evitar complicaciones de conciencia respecto de su vida, caminaba pensando en el hombre cálido y tierno que acababa de conocer y que sin duda la deseaba, pero se preguntaba si no había hecho mal, si no lo había dañado con su franqueza rotunda. Descubrió, como una débil luz que se abría paso en su alma, que no quería dañarlo. Se engañó con el falso consuelo de que simplemente había sido honesta y decidió borrar ese tipo de pensamientos, para seguir enfrentando esa noche, la vida que le tocaba vivir. El resto del día, de la noche y de la mañana siguiente, Pedro vivió una inquietud creciente.

Antes de las dos Pedro ya estaba sentado a la mesa del patio de comidas, cuando la vio aparecer. Ella se había puesto un vestido corto, muy de verano, que revelaba sus hermosas piernas y el color de su piel, algo cobrizo, contrastando con su cabellera rubia. Calzaba sandalias, él le observó los pies perfectos y súbitamente pensó en Gradiva. Ese pensamiento lo asustó pues había leído esa historia y reflexionó que él no estaba para arriesgarse en ese tipo de psicopatías. Sin embargo, la imagen de esos pies desprovistos de artificios, se le quedó grabada en la memoria de una inédita emoción. Ella empezó a hablar.

─ Perdóneme, Pedro. Espero no haberlo decepcionado al contarle lo que hago, pero sentí que debía decirle la verdad.

─ No, no me decepcionas para nada. Sólo me duele porque me imagino que eso te debe generar dolor. Pienso que tú mereces un destino mejor, que eres tan bella, que no te hubiera sido difícil conseguirlo.

─ Yo también lo pensé, a su tiempo, pero las cosas se dieron mal. Ahora ya es tarde para torcerlas.

Ella le contó cómo la imposibilidad de conseguir un trabajo, ni siquiera como empleada doméstica pues era demasiado bonita y generaba desconfianza en las amas de casa, la impulsó a la prostitución. Le dijo, que se arrimaba a algunos cabarets donde a veces bailaba, donde hacía copas como todas las chicas y de donde salía a sesiones desesperantes de sexo con alguno de los clientes que había tenido el dinero suficiente para pagar su salida del local y su tarifa. Que ella trataba de mantenerse independiente, de no estar sometida a un cafisio, pero había algunos proxenetas que la presionaban. También, que había algún tipo loco por ella, que la perseguía y la celaba, pero que, hasta el momento, había conseguido esquivar ambas molestias. Él la escuchó largamente, con devoción y, aunque no se atrevió a arriesgar ningún consejo, sintió que ella se sentía cómoda contándole esas cosas, abriéndole algunos de los secretos de su vivir. Cuando él le preguntó dónde vivía, ella le respondió que eso no se lo decía a nadie y que tampoco a nadie le daba su número de teléfono celular, aunque tenía uno que usaba para llamar, pero no para recibir llamadas.

Todos los días almorzaban juntos y se iban conociendo cada vez más. Él, aunque Juana le parecía la mujer más hermosa de la tierra, fue dejando en segundo plano sus ensueños eróticos y un día, comprendió sin asombro, que la quería bien. Sabía también, que ella le tenía enorme cariño. Las conversaciones no tocaban para nada el tema de la prostitución de ella. Juana, le confesó, que no había perdido la ilusión de encontrar un hombre que la quisiera y la rescatara de la sordidez en que vivía. Él la apoyó y le dijo que estaba seguro de que lo conseguiría. Ella, entretanto, aprendió algunas historias de los libros que él leía, supo asimismo, de los dos fracasados matrimonios de Pedro y de su vida anterior, un tanto promiscua. Un día, al terminar de almorzar, ella le sonrió y le dijo sin preámbulos:

─ Voy a hacer el amor con usted, Pedro. Sé que me desea, sé que soy para usted como el sueño último, la culminación de su vida. Entonces, le voy a dar mi cuerpo y también un poquito de mi alma. Voy a hacer el amor con usted, pero lo voy a hacer una sola vez. Lo haré porque lo quiero mucho y a mí no me cuesta nada entregarle esa muestra de mi cariño. Pero no quiero que se enamore de mí, eso no sería bueno.  Yo voy a ir a su apartamento, esta tarde a las cinco. Deme la dirección.

Pedro había recibido la promesa de un regalo inesperado, algo que deseaba intensamente, pero que a fuerza de una ternura creciente hacia Juana, había ido desplazando a lugares profundos de su ser, y aunque de noche ese deseo arañaba su conciencia, él lo ocultaba porque pensaba que si lo dejaba aflorar, la imposibilidad de su realización lo haría sufrir. Pero ahora,  eso era plena luz y verdad, pues ella se lo iba a colmar. Al principio estuvo nervioso, se imaginaba qué clase de torpe papel podría desempeñar en aquella relación, en esa entrega de cuerpos tan disímiles, de potencias tan disparejas. Pero al cabo de un rato lo invadió la paz al aceptar la certeza de que sólo debía ser él mismo y que, para serlo, debía estar tranquilo. Entonces se fue preparando mentalmente como para una celebración que exigiría lo mejor de él, aquello que, sin necesidad de apariencias ni hazañas, pudiera entregar.

Juana llegó puntualmente, usando un vestido liviano, calzando otra vez, sandalias. “Aquí estoy para ti”, le dijo al entrar, tutéandolo por primera vez. “¿Quieres quitarme la ropa o me la quito yo?” Él se la fue quitando sin prisas, disfrutando del asombro ante cada revelación del cuerpo deslumbrante de ella. La besó en la boca con los labios cerrados porque no quería violentarla, pero los labios de ella le respondieron con timidez y con verdad. Ella le quitó la ropa sin dejar de mirarlo a los ojos. Él la empujó a la cama y le besó los pies, esos pies perfectos y peligrosos como los de Gradiva. Entonces ella se abrió para recibirlo, con calma, con decencia absoluta, y él se lanzó a vivir su sueño más alto, su realización más intensa.

Él sentía: “Aunque me lo negué, te he soñado cada día desde que te conocí. Pero ahora me sumerjo en ti, en tu río purificador y, al tomarte, te entrego mi alma. Es desde la maravilla del cuerpo que uno se puede asomar a la esencia, al crisol de las emociones. Sé que este es un premio inmerecido, que mi cuerpo para ti vale nada. Pero te me das y entonces te tomo. Déjame navegarte lentamente, sin prisas, sin alardes. Y así, remar suavemente en la laguna de tu ser, remar en silencio, como lo siento, como simplemente soy. Aquí estoy, dentro de ti, iluminado por tus fosforescencias, guiado por el suave impulso tuyo que se manifiesta debajo de mí. No puedo hacer exhibiciones ni maravillas; sólo puedo ser lo que soy. Y aquí estoy, dentro de ti, milagro de la vida, tibieza que me absorbe, sueño breve que me acerca a la luz. Ahí voy, a deshacerme en el prodigio de tu vientre, para salir renovado desde tu abismo cálido que me integra, que me reconstruye, que me lanza al efímero resplandor de la alegría”.

Ella pensaba y sentía: “Sé que te entrego el sueño de mi cuerpo y, aunque eso me es fácil, quiero entregarte algo más, porque siento que lo mereces. No abro los ojos para verte, porque sólo quiero sentirte y hacerte saber que te siento. No eres mi amor, no eres mi hombre, pero te quiero y quiero que lo sepas. Navégame, descubre cada una de mis playas, cólmate de mí y de mí extrae la vida. Alma mía, conéctate con la de él, únete a él en el breve tiempo del esplendor. Alma mía, tan abandonada y lejana, permíteme soñar y hacerlo soñar”.

Fueron creciendo lentamente en intensidad, sin desbocarse nunca, sin paroxismos, como el flujo del agua mansa que va inundando el campo. Entonces él la oyó pronunciar palabras entrecortadas, sílabas aisladas y sin relación, pero con una enorme coherencia. Le miró el rostro infinitamente bello que, refulgiendo luz, oscilaba levemente sobre la almohada en medio del trigal de su cabello mientras permanecía con los ojos cerrados, como si estuviera entregada a una revelación interna, mientras de sus labios que apenas se movían, brotaban esas sílabas secretas que tal vez entregaban la clave de su deleite o de su efímero amor. Todavía Juana se quedó un rato abrazándolo con ternura. Luego se incorporó y comenzó a vestirse. “Ha sido muy extraño y muy bello, Pedro. Pero recuerda, se trata de una sola vez. No más. No vuelvas a pedírmelo, por favor”, le dijo, de pie, desde el costado de la cama. “Si lo quieres oír, te quiero, pero esto es cuanto puedo darte”, añadió. Luego se calzó las sandalias y entonces agregó: “Tú quédate y sueña, que mereces soñar”. Entonces se dirigió a la puerta de entrada y salió.

En las horas que siguieron, sintiendo oleadas incesantes de alegría, Pedro entendió que lo que ella le dijo era lo más sabio, que había sido y sería sólo una vez, y que debería refugiarse en la certidumbre de que ese acto de amor, había venido a coronar su vida, que no debería insistir, que a partir de entonces, podría enfrentar la muerte con gloria, con dignidad. Además del enorme regalo erótico que lo colmaba, su satisfacción era hondamente espiritual pues, sin esperarlo, se sintió un buen ser humano, contento de sí mismo.

Durante los almuerzos de muchos días que siguieron, continuaron comiendo juntos. Ella, siempre cariñosa; él, cercano a la felicidad y, aunque las imágenes del cuerpo vibrante de Juana lo asaltaban, decidió respetar el pacto. Pero un día Juana no llegó a almorzar y Pedro sintió enorme inquietud. No sabía dónde vivía, no tenía su número de teléfono. En el transcurso de las horas siguientes su desasosiego se hizo insoportable, oscuros pensamientos lo atormentaban y así, casi sin dormir, llegó al almuerzo del día siguiente seguro de que la presencia de ella y una breve explicación, convertirían en risa todos sus pesares. Pero tampoco ese día ella llegó. Juan retornó a su casa y en los canales locales de televisión, los que nunca veía, guiado por algún aciago presentimiento se puso a buscar noticias. En uno de ellos, durante el noticiero nocturno, oyó y vio lo siguiente: “El asesino confeso de la bailarina de cabaret, Juana Brouwer, de 23 años, fue detenido por la policía. Recordemos que el crimen se produjo antenoche en circunstancias confusas, dentro del local nocturno Black Castel, cuando el imputado, al parecer por motivos pasionales, le descerrajó cuatro balazos matándola al instante”. Eso fue suficiente. No quiso ver ni saber nada más. Sintió caer sobre él todo el peso de la oscuridad y la desolación. Lloró, lloró sin consuelo y la siguió llorando varios días más. Durante esos días, apenas se alimentó comiendo conservas que compraba en una tienda cercana. Aunque deseó morir, entregarse a esa muerte con la dignidad que ella le había legado, la muerte no vino por él y no tuvo el coraje de matarse. No volvió al Patio de comidas donde se había esbozado el último esplendor de su vida. Pasada una semana, habiendo aceptado la enormidad de su horror, decidió volver a alimentarse y soportar mientras la muerte se lo permitiera. Fue a otro Patio de comidas. Buscó, de manera automática, una mesa al costado del mismo, así, como siempre lo había hecho. Pero se sentó al revés, de cara a la pared. Porque ya no quería mirar nada, porque sabía que ninguna nueva visión se acercaría a lo que ya había visto. Porque quien ha visto las formas de lo sublime, ya no puede ser un fisgón ni un voyeur. Frente a la pared de ese local, al muro blanco y sin historias, comió algunos alimentos que sólo le sabían a corcho, y enfrentó su soledad final.

Andrés Canedo