HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE - Andrés Canedo - PRIMERA PARTE

Ahí va el nuevo cuento. PRIMERA PARTE

HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE- Andrés Canedo

Algunos creían que era un idiota, y lo parecía, claro, pero nadie sabía de la luz que alumbraba sus extrañas acciones. Es cierto que tenía casi 80 años, es cierto que se pasaba casi todo el día asomado a la ventana mirando, aparentemente, a la gente pasar. Es cierto, que en las noches también (pero eso nadie lo sabía), se pasaba horas contemplando el reloj eléctrico colocado en la pared y que giraba las agujas en sentido contrario. Pero él, que un tiempo antes había invertido los polos de ese reloj para lograr que girara hacia atrás, se sentaba frente a esa máquina anuladora del tiempo, con la convicción plena de que estaba haciéndolo retroceder. Las horas ya no sumaban, sino que restaban. Cada hora sentado frente al mismo, le disminuía horas a él y, tal vez, semanas o meses. Y aunque eso parecía no tener influencia sobre el mundo que lo rodeaba ni sobre él mismo, pues cuando se miraba al espejo después de una larga sesión frente al reloj, su rostro de viejo permanecía inalterado e incluso, un poco más deteriorado. Pero en su interior, allí desde donde nacen las fuerzas de la vida, él se sentía más vital, poco a poco más renovado. No era ni nunca fue tonto. Desde un resplandor de su inteligencia sabía que ese era un acto absurdo, pero ahora, más importante que los mensajes de su cerebro, era una especie de fe creciente en que podría volver atrás el tiempo, hasta ella, hasta aquel día.

Claro que mientras miraba por la ventana, la mayoría de las horas se sumergía en recuerdos y sueños, no en mirar a las personas. Y así, revivía los años de su juventud, pero sólo aquellas breves semanas en las que estuvo con ella. Los amores anteriores y fugaces, no le interesaban. Los familiares y amigos de antaño, tampoco. Retrocedía así al momento en que por primera vez sus ojos se chocaron con los de ella, al reconocimiento de esos resplandores que le avisaban que esa era la mujer de su vida; a la sensación de sus propios ojos mandándole a ella mensajes similares. Y ella pasaba junto a él, con su garbo silencioso pero elocuente, con su rostro de ángel maligno, con su cuerpo de diosa haciendo vacilar toda la arquitectura de las cosas cercanas. Allí, en la ventana desde donde miraba la calle, sentía renacer emociones soterradas por el tiempo, sentía, en su cuerpo viejo, el mismo temblor invisible que lo había agitado en aquel lejano primer encuentro. Él tenía 24 años, ella, 21. Lo supo la primera vez que habló con ella y oyó que su voz lo acariciaba como la brisa cálida de la tarde. Revivió, con una especie de memoria prodigiosa, recién recuperada, casi cada hecho de aquellos primeros días.

En las noches él, como siempre, volvía, a pesar de sus insinuadas rebeldías, a sentarse contemplando el reloj invertido de la esperanza. Luego, a cotejarse con decepción frente al espejo, pero también a sentir una energía interior renovada y creciente. En los días, desde la ventana, cuando veía ese transitar de seres que le parecían muertos, a él, tan viejo, tan gastado, a veces un color, a veces un aroma venido desde una flor lejana, le desencadenaba el flujo de los recuerdos. Así fue, como un leve perfume venido de quién sabe dónde, le recordó al perfume que emanaba de la piel de ella. Estaban en un café, él había logrado tomarle la mano y la oleada de emociones que le llegaron desde aquella piel morena, lo volvieron súbitamente audaz y, jalándola desde esa mano agarrada, acercó el rostro de ella a sus labios y le besó la cara. En ese momento la fragancia de ella lo inundó, le colmó todos los sentidos, le derrotó toda la conciencia, pero le delineó el camino difícil hacia su cuerpo y, claro, hacia su alma. Porque ella, aunque no era mojigata, sabía de malos amores, los había vivido y no quería volver a caer en esos fracasos. Pero ella, además, con su sabiduría e intuición de mujer, sabía que no podía ser rotunda, que algo debía dejarle de carnada y entonces le ofreció sus labios y la fruta de su boca, y el elixir de su lengua y su saliva que refrescaban el alma y le disparaban los instintos a él. Él bebió los jugos de ella, se embriagó en la tarde de la cafetería, pero tuvo la lucidez y la sapiencia para escuchar y aceptar con paciencia, con conformidad, sus palabras: “Hasta aquí nomás, Juan. Por ahora, hasta aquí nomás”. Juan, aclaró su mente tomándose en una inspiración profunda todo el aire del local, el de la calle, el de la ciudad entera y, a pesar de lo extraño que esto significaba para los tiempos que corrían, le respondió: “Como digas, María, hasta aquí nomás, por ahora”.

En las tardes de la ventana, él fue armando con fragmentos, con resplandores, con sensaciones difusas, otras partes de la historia de ella, toda esa historia que durante muchos años había desaparecido de su mente. Ella estudiaba arquitectura, su padre era un tirano iterativo pero generalmente ausente, y su madre no tenía tiempo para ella, perdida en las veleidades de tés con amigas, de karaokes con amigos. María, así, con su nombre popular, casi plebeyo o más bien proletario, tenía las piernas más hermosas del mundo, una vena levemente azul que le recorría el empeine delgado y sobresaliente, y era de clase media con ideas impuestas y no contrastadas de derecha. Era, en fin, como casi todas las mujeres que él había conocido, pero infinitamente más bella. Todo esto le llegaba como esquirlas, como partes aisladas que él conseguía luego armar para concretar situaciones completas. También él mismo se fue reconstruyendo como era en aquellos tiempos: guapo sin llegar al paroxismo, de cabellos castaños (los de ella eran intensamente negros) y de piel blanca morigerada por los ataques diarios del sol. Era, así mismo de clase media y levemente izquierdista por los rebotes de alguna prédica reiterada que había oído en su año fallido de universidad, al cabo del cual había entrado a trabajar en una empresa de venta de automóviles donde su buena labia le producía los frutos que necesitaba para bien vivir. Sus padres, aunque discretamente cariñosos, para él eran intrascendentes. Su izquierdismo y el derechismo de ella, se le revelaba en visiones parciales sobre conversaciones sostenidas en algún lugar, pero sin principio ni final. Era algo incompleto que flotaba en el tiempo. No eran discusiones, eran las tolerancias inclaudicables que sólo hace posibles el amor. En las noches él, Juan el viejo, con una devoción creciente, se sentaba dos o tres horas frente al reloj rejuvenecedor, importándole cada vez menos, las desmentidas impiadosas del espejo.