HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE - Andrés Canedo - PARTE DOS.

HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE, PARTE DOS.

Armando recuerdos no tan difusos como los que había eliminado de ella, sabía que él la había perdido totalmente, y también que se había perdido a sí mismo hacía más de 50 años. Es cierto que después del hecho tremendo que buscaba traer, retrotraer a la vida, había vivido, se había casado incluso, con Alicia, tan abnegada, tan noble, tan poco correspondida por él. Treinta años lo acompañó hasta que un cáncer se la llevó. Y él, Juan, ya no quiso nada más. Sus padres habían muerto, su hermano vivía olvidando a todos, en un país lejano. Él se quedó en el departamento, el dinero que había heredado de sus padres le permitía vivir muchos años más. Y se fue sumiendo en el olvido, así o casi tan intensamente como había olvidado todo lo referente a María. Él, durante años había mirado por la ventana sin propósito alguno, estaba su presencia, su forma exterior, pero no estaba realmente allí. Era como un muerto más, que miraba pasar los otros cadáveres que transitaban por la calle, sólo tratando de llenar el tiempo hasta que llegara la liberación por la muerte verdadera. Pero un día, porque algo muy profundo lo empujaba, le surgió la idea de invertir el sentido de las agujas del reloj y entonces, se le produjo como una avalancha de luz, todavía brutal e imprecisa, que le trajo como un destello fugaz de ella y empezó a buscar con obcecación a María. Primero fueron sólo fragmentos, visiones de actitudes apenas esbozadas, que con los días fueron adquiriendo nitidez y formaban escenas completas que reconstruían el tiempo. Así fue recordando desde el primer día que la vio, desde el beso en el café, y mucho más. A medida que los días transcurrían, a medida que sus sesiones frente al reloj invertido aumentaban, sus recuerdos se volvían más vívidos, se constituían en imágenes similares a las del sueño y, finalmente, era casi como volver a vivir el pasado, total, integralmente, aunque él sufría todavía de las impiedades de la conciencia que le decían que aquello no era verdad, que era apenas un sueño.

Recobró así los colores, los sonidos de sus palabras, las sensaciones táctiles, el sabor de la boca infinita de ella, las fragancias de tardes maravillosas en el campo. Y así recuerda uno de aquellos días: “Estamos de día de campo. Yo, sentado en el pasto con la espalda apoyada contra un árbol; tú, con la cabeza apoyada en mis muslos, mientras los tuyos, descubiertos por el vestido que ha resbalado hacia abajo, parecen dos caminos sedosos de fuego y luz. Y mi mano que te los acaricia, que se desborda por la morbidez de esa piel y esos músculos, y tú que lo disfrutas. Y la invasión desbocada que me asalta de sensaciones y premoniciones desde la suavidad y la tersura de tu piel morena, los estremecimientos que se transmiten desde mi mano que recorre tus piernas, que siente por fin ese tránsito de maravilla tantas veces imaginado, tantas veces soñado, tantas veces ansiado, esa percepción tan superior a todo lo que mi mente podía haber pergeñado en los momentos de más caótica intuición de ti. Porque hace ya tanto tiempo que te deseo, tanto que me retengo, tanto que me reprimo. Y allí, en la humedad de tu última prenda mi mano se detiene, te siente, te huele, te saborea. Entonces tú, con tu brazo atraes mi cabeza hacia tu boca, me besas hasta el dolor, te separas y me dices: “Ahora, cuando volvamos a la ciudad, no me lleves a mi casa, llévame a un hotel y hazme el amor, porque ahora es el tiempo, porque ahora tú y yo empezaremos a construir el mañana”.

El siguiente es el recuerdo que tanto ha estado buscando, al que ha querido llegar durante las últimas semanas. Están en el motel. Los ojos de María alumbran como brasas en la noche oscura. Cada prenda que se quita se manifiesta en una epifanía que supera en mucho a lo que él ha soñado. Por eso, para disfrutarla, la desnuda sin prisa, con la pasión y la delicadeza de un pintor del Renacimiento. Y ella y él desnudos caen en la cama. Él penetra su oquedad cálida. Ambos se mueven lentamente, sintiendo el mundo del otro desde cada molécula de la piel, no sólo desde el sexo. Y el ritmo se acelera, se van precipitando hacia un barranco desconocido y llueven, y empiezan a deshacerse en estrellas. Entonces, él siente dentro de su cabeza un ruido terrible e incesante, y luego un dolor intenso como si algo se le rompiera dentro del cráneo y, finalmente, la oscuridad total y el silencio. Esto es el recuerdo que ha logrado juntar como piezas de un rompecabezas. Y el recuerdo continúa. Él despierta, ella no está. La llama y el dolor de cabeza residual todavía lo atenaza, pero ella no contesta. Pregunta a la gente del motel, que lo mira socarronamente y le dicen que no saben, que tal vez ella salió sin que ellos la vieran. Llega a su casa y la llama por teléfono, pero no hay respuesta. Al día siguiente, ya mejor pero ensombrecido y temeroso de un encuentro con el padre de ella, va hasta su casa, pero nadie responde a las llamadas del timbre. Vuelve en la tarde y al día siguiente, y el resultado es el mismo. Piensa, con horror, que él tal vez estuvo a punto de morir, que tal vez pareció muerto. Piensa que quizá ella se asustó y ante una situación tan comprometida, decidió escapar. Averigua con los vecinos y le dicen que la familia ha viajado. Y la oscuridad, que lo acompañará en los más de cincuenta años siguientes, empieza a instalarse en él. Pero lo primero que ensombreció fue todo lo referente a María. Lo demás, serían oscurecimientos parciales, más por fruto de su voluntad y por su indiferencia por vivir. Recuerda más vagamente, que cambió de trabajos, que se casó con Alicia, tierna y abnegada y que ella murió al cabo de muchos años. Rememora que su vida ya ensombrecida, se cubrió finalmente de oscuridad en ese departamento que ocupaba, hasta que una remota y casi demencial luz le hizo saber que tenía que hacer ese artilugio con el reloj, para volver a ver, para volver a vivir.


Andrés Canedo