HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE (FINAL) - Andrés Canedo - 18.9.2019


Ha recordado, sí. Pero no es suficiente. Se instala frente al reloj mágico, dos o tres horas, hasta sentir un bullir vital dentro de sí. Sabe que así funciona. Entonces se sienta en el medio de la sala y empieza a vivir, a hacer realidad ese encuentro lejano, ese nacimiento del amor, esa breve vigencia de la felicidad. Él siente todo en sí mismo, lo que toca, lo que huele, lo que introduce, pero a la vez lo ve desde afuera, como si se hubiera desdoblado. Y entonces, están con María en el motel. Ella es carne clara y palpable, él tiene los músculos firmes que ella toma y él siente la calidez de la carne de sus brazos rodeándolo. Todo es real como la vida, todo es la vida misma. “Tus ojos María, alumbran como brasas en la noche oscura. Cada prenda que te quito se manifiesta en una epifanía que supera en mucho a lo que ya había soñado. Por eso, para disfrutarte, te desnudo sin prisa, con pasión y delicadeza como si fuera un pintor del Renacimiento. Cada revelación es un éxtasis, cada contacto, un universo. Y así penetro tu oquedad cálida. Nos movemos lentamente, y siento tu mundo desde cada molécula de la piel, no sólo desde el sexo, como siento que tú lo haces conmigo. La euritmia nos conduce, nos envuelve, nos florece, nos inflama. Y el ritmo se acelera. Nos vamos precipitando hacia un barranco desconocido y llovemos, y empeazmos a deshacenos en estrellas. Somos gotas unidas que forman parte de una cascada, somos metal ardiente particpando de una lluvia de meteoritos. Todo refulge, todo canta, todo acelera y acaricia el alma. Tus leves gemidos nos van marcando el camino. Hacia allá vamos, hacia el remanso, hacia el lago mágico, hacia el oasis generador de vida”. Y cuando están cayendo hacia la geografía de la dicha, surge en la cabeza de él ese crik, crik insoportable, ese ruido que lo enloquece, que lo rompe por dentro. Y el dolor, el dolor enorme, inexpresable que lo corta, que lo deshace. Hay una luz que lo llama, que lo succiona, que lo impulsa. Y de pronto, todo es negro, negro y se corta. Juan, el viejo, cae de la silla. En el suelo todavía convulsiona un momento. Luego todo se detiene. Juan, el viejo, está inmóvil en el piso de su sala. Un leve fulgor que sale de su cuerpo al poco rato desaparece. Todo es quietud y silencio. Él es uno más de los pocos objetos desperdigados en esa sala casi huérfana de muebles.

DIARIO LAS BRISAS DEL SOL: UN CASO EXTRAÑO EN LA MORGUE DEL HOSPITALGENERAL. Un caso curioso ha tenido lugar en el Hospital General de la ciudad y que tiene desconcertados a los patólogos y a algunos científicos que han acudido al mismo. Hace tres días, se levantó el cadáver de Juan Gonzáles R. en su departamento de la calle Las Delicias 7520, ante aviso dado por la persona que hace la limpieza en el mismo. Juan Gonzales R. de 79 años de edad, fue sometido a autopsia de ley y se determinó que la causa de la muerte fue un Accidente Cerebro Vascular (ACV), lo que es un derrame de una de las arterias cerebrales. Esta es una causa de muerte común, sobre todo en edades avanzadas. Sin embargo, la acuciosidad del médico interviniente, lo llevó a revisar el sistema arterial, especialmente las carótidas, y se encontró con que las arterias de Juan Gonzáles, no correspondían a la edad real del occiso, sino que la edad arterial de las mismas, concernía a las de un hombre de entre 20 y 30 años. Se dice, en el ambiente médico, que la verdadera edad de un individuo es la edad de sus arterias. O sea que el citado, tenían un sistema arterial perfecto y juvenil, salvo en el pequeño aneurisma de la base del cerebro, que al romperse desencadenó el ACV que lo llevó a la muerte. Esto significa que Gonzales, que según su documentación y su aspecto físico externo, tenía 79 años, de acuerdo a su edad arterial tenía entre 20 y 30. Se comunicó el caso y esto causó revuelo entre la comunidad científica local y, además, ya hay noticias de especialistas que vienen del extranjero para estudiar el caso. Por otra parte, en las diligencias policiales realizadas, no encontraron nada anormal en la vivienda del fallecido, excepto un curioso y antiguo reloj de pared eléctrico, que tenía la peculiaridad de girar sus agujas en sentido contrario al normal.

Andrés Canedo

ALGUNAS PALABRAS ADICIONALES:
En Córdoba, durante la Universidad, vivía con Luis Salinas (y las esposas de ambos) en la casa de Luis, en barrio Altamira, que él, para darle algo de pompa, llamaba “Colinas de San Vicente”. Luis era un individuo genial que, por ejemplo, vivía juntando piezas metálicas que encontraba en la calle, para fabricar su “gran máquina verde de no hacer nada”, la que sería una verdadera inutilidad para los espíritus simples, y no así para Picasso, Dalí, Miller, por ejemplo. Con Luis nos pasábamos largas horas leyendo a Ray Bradbury. En la cocina de la casa había un reloj de pared eléctrico. Un día, lo encontré sentado frente al reloj que estaba girando al revés, ya que él le había invertido los polos. Cuando le pregunté qué hacía, me respondió “estoy rejuveneciendo”. De allí nació la idea del cuento que ustedes acaban de leer, sólo que mi condición de estudiante del último año de medicina, me hizo pensar en rejuvenecimiento de la edad arterial. Por otro lado, hay bastante literatura sobre esto de volver atrás en el tiempo. Hay un poema, creo que de García Márquez, que lleva el retroceso hasta el momento de morir en el orgasmo inicial. También, claro, el maravilloso cuento de Alejo Carpentier, Viaje a la semilla. Hay, además, hasta donde sé, un par de películas que se refieren al tema. Mis letras, se basan en la anécdota con Luis y se centran en un amor superlativo que, en su momento de culminación, debería haber llevado a la muerte al protagonista, pero la muerte (o la vida), para hacerle cumplir su dosis de dolor, le postergaron la muerte verdadera hasta el momento del reencuentro de los tiempos.