LOS HIPERSUPERLATIVOS - Andrés Canedo - 8.10.2019

Hace unos días, cuando salía del supermercado, vi en la esquina la promoción de una nueva marca de café “gourmet” boliviano, que tiene el impresionante nombre de “del Carajo”. “Del Carajo, café gourmet”. Me causó gracia, sorpresa y admiración por la elección del nombre, ya que “del carajo” es una expresión tan boliviana para expresar que algo es más que excelente, que se constituye en una especie de superlativo del superlativo. Porque algo puede ser bonísimo o excelentísimo, pero cuando es más, ya es “del carajo”. Y, desde luego, la expresión va acompañada de gestos apropiados y de variadas modulaciones de la voz según lo que se trate de decir, pero siempre se refiere a algo extraordinario. “¡Salí con una mujer del carajo!”, “Pasé una noche del carajo”, “¡Comí un churrasco del carajo!”, “Sos del carajo, amorcito”. Claro que también, introduciéndole pequeñas variantes, tiene su parte negativa, porque “todo se fue al carajo” tiene connotaciones de tragedia total, pero es siempre un súper, superlativo. Esquilo, Sófocles o Eurípides, si hubieran vivido aquí, tal vez habrían adoptado el término o, con más seguridad, lo habría tomado Aristófanes en su comedia en que las mujeres les niegan favores sexuales a sus hombres amantes de la guerra, diciéndoles que se vayan al carajo, que se comprometan primero a la paz, si querían darle uso al carajo, connotando por su similitud, al palo mayor de los barcos de vela, donde solía estar la canastilla de observación denominada “carajo” y que la sabiduría popular adoptó como pene, no por la canastilla sino por el palo mayor .
Es que el encomiable carajo, siempre fue objeto de consideraciones superlativas, para bien o para mal, ya que, en el colmo del fracaso, también puedes oír “¡no vales un carajo!”. Asombroso destino el de esta palabra que sirve para expresar ambos extremos, pero nunca para mediocridades, medias tintas o cosas inciertas. El hecho es que ante la aparición del Café del Carajo, me pregunté cómo sería la receptividad a esa propuesta por parte de esta sociedad que es tan hermosamente dueña de un profuso vocabulario de malas palabras, pero a la vez practica una doble moral “del carajo”. ¿Lo aceptarán las amas de casa?, me pregunté, sin poder vislumbrar una respuesta asertiva. El hecho que me preocupa, es que no he podido volver a ver en ningún lado el Café del Carajo, ni en las calles, ni en los supermercados y juro que lo he andado buscando. Esto podría significar muchas cosas, entre otras, que todo se fue al carajo o que yo, a lo mejor me equivoqué al leer la marca y, tal vez, en realidad era Del Carozo, o algo por el estilo. Eso querría decir, por lo tanto, que me equivoqué como el carajo y, que de yapa, soy un viejo que ya no lee bien ni un carajo.
NOTA ADICIONALDOSAÑOS DESPUÉS: El Café del Carajo, realmente existió, aunque parece que efímeramente. Al cabo de un par de meses de cuando realicé la nota anterior y cuando continuaba con mi búsqueda azarosa del mismo, una de mis estudiantes me hizo llegar la fotografía de un pequeño camión que en sus laterales llevaba vistosa y muy bien diseñada, la publicidad de Café del Carajo. Lamentablemente perdí esa fotografía, pero aun hoy, pienso, con nostalgia, que el hallazgo de esta marca singular y la foto enviada por mi alumna, constituyeron una suerte realmente del carajo.
Andrés Canedo